Si aprietan la tuerca se rompe la Rocha

FEDERICO A. JOVINE RIJO

Descubrir lo que piensa el enemigo es vital de cara a un potencial enfrentamiento, de ahí que los países se doten de organismos de inteligencia que recaben información. La Guerra Fría fue un escenario donde se recrearon las viejas prácticas de espionaje cruzado que se vienen realizando desde el nacimiento mismo de los primeros reinos e imperios. Colocar espías en otros países (amigos o enemigos) –así como cazarlos en el propio–, ha sido una tarea de ejecución permanente, porque permite conocer debilidades y planes de países amigos y enemigos.

Las agencias de inteligencia y contrainteligencia destinan ingentes recursos en fortalecer sus aparatos de espionaje y en penetrar los del contrario. Richard Sorge y Kim Philby –probablemente los mejores espías de la historia–, son casos de éxitos en el espionaje y encuentran su reverso en Aldrich Ames, Robert Hanssen, Ana Belén Montes, entre muchos otros, que constituyen auténticas historias de éxito del contraespionaje estadounidense, a las que se le suma la de Manuel Rocha, acusado de trabajar para la Dirección General de Inteligencia de Cuba, desde 1981.

El caso Rocha sería otro más en la lista de golpes y contragolpes entre los servicios de inteligencia cubanos y norteamericanos, a no ser porque el personaje en cuestión gravitó en la política nacional durante mucho tiempo a diferentes niveles. En el desempeño de su carrera en el Departamento de Estado, Rocha fungió como adjunto en “la embajada” durante periodos turbulentos, y, luego de su retiro, se desempeñó como presidente de Barrick Gold en el país (2012-2017) entre otras importantes posiciones, como la de vicepresidente senior de Xcoal Energy & Resources, suplidora inicial del carbón de Punta Catalina y ejecutivo de Llorente y Cuenca… y hasta aquí todo bien.

El problema son los silencios locales en torno a la noticia, acaso porque una parte de la élite coqueteó activamente con quien sotto voce era señalado como un presunto agente de la CIA. Y aunque en torno a esto difícilmente las dudas serán despejadas –aún en un escenario de colaboración del imputado–, casi todo el mundo en el país lo dio por sentado, y, lejos de distanciarse, buscaron acercamiento, sabedores de que su mano podría abrir todas las puertas, gestionar todos los ascensos y lograr cualquier contrato. Así las cosas, el agente infiltrado se convirtió en mago, prestidigitador y taumaturgo; en alguien que incidía y decidía en los ámbitos públicos y privados, y muchos buscaron sombra bajo el árbol de la omnipotencia del imperio, sin saber que su raíz estaba carcomida, y que escondía un poderoso secreto que fue revelado una tarde en Miami de la manera más infantil posible.

Ahora queda la ansiedad de saber cuáles nombres aflorarán en el juicio y cuáles figuras prestantes actuaron como colaboradores o informantes (conscientes o no) del poderoso funcionario caído en desgracia. En el Ragnarök los dioses conocen su final, y viven aguardándolo; en la vida de muchos espías ocurre lo mismo, y aunque el dinero o la ideología son los motivadores principales, el ego del que se sabe por encima de la ley alimenta el bucle que le hace caminar hacia adelante y caer en el abismo… y llevarse a todo el mundo con ellos en su descenso a los infiernos.