La autenticidad de la mujer

Por: Eneida Margarita Gómez. PhD

A diferencia del siglo XVI, la mujer escritora de hoy puede ejercer su vocación con relativa libertad; pero se le sigue haciendo más difícil que al hombre llegar a ser un buen artista, y esto por una sencilla razón: le es más difícil llegar a ser una persona completa.

En primer lugar, su libertad se encuentra considerablemente coartada; lo que limita las experiencias de las cuales puede valerse para enriquecer su obra. La mujer la mujer desconoce, por ejemplo, los mecanismos del poder político y económico; y en cierta forma este limitado acceso a los mismos resulta una situación afortunada, ya que su deber consiste en oponerse a ellos. En segundo lugar, su rol de esposa y de madre tiende a hacerla un ser dependiente, tanto en su supervivencia económica como en su sentido de identidad.

EL problema inicial, es el problema de su libertad material pues, es un problema externo, relativamente de fácil solución, al que se han enfrentado enérgicamente a lo largo de los últimos diez años el movimiento feminista. Los logros de este movimiento son un indicio de que, al menos en el nivel de las leyes y de los contratos de trabajo, de las oportunidades que la sociedad le ofrece, el dilema de la mujer se encuentra en camino de resolverse.

El segundo problema, el de su libertad interior, cala mucho más hondo y es de más difícil solución .Podría dividirse en dos vertientes: las sanciones emocionales y psicológicas que, al nivel de las costumbres, la sociedad sigue imponiendo a la mujer y las sanciones que ella suele imponerse a sí misma.

La mujer que tiene éxito hoy en su profesión, sea esta cual sea, se está aprovechando de esas oportunidades que, al nivel publico o retorico, la sociedad le concede. Pero una cosa es el derecho de la mujer a la igualdad de oportunidades en el nivel público y otra en el nivel privado. La verdad es que toda mujer que tiene éxito en su profesión es vista de inmediato con desconfianza por la mayoría de los hombres. Existe una especie de juicio tácito, según el cual una mujer que triunfa con su mente será necesariamente un fracaso en la cama y en hogar. El éxito suele ser para ella un motivo de conflicto, y solo llega a lograrse plenamente en circunstancias muy excepcionales.

La mayoría de las veces, la mujer se ve forzado a escoger entre su príncipe azul o su vocación. Es por esto que tantas mujeres, cuando están a punto de lograr el éxito, sea este de orden económico, intelectual, o científico, encuentran una escusa para darse de baja y dejar las cosas a medias. La soledad es un dilema angustioso al cual la mujer que ha escogido una profesión tiene a menudo que enfrentarse.

Pero el problema de la libertad interior de la mujer tiene una segunda vertiente, mucho más dolorosa que la primera: la mujer que intenta romper con los patrones de comportamiento convencional no necesita, por lo general, ser castigada ni por la ley ni por los mecanismos sociales. Ella se ocupa, mucho más eficientemente

que ningún tribunal, de castigarse a sí misma: se siente aterradoramente culpable. Esto se debe en parte a su educación; al hombre se le educa para que se con mira a realización propias, mientras que a ella se le educa con miras a la realización ajena; al hombre se le educa para que se desenvuelva en el mundo, para que tenga éxito y se realice a si mismo como profesional o artista; y a ella, en cambio, se la educa para enseñe a los hijos como lograr ese éxito y a las hijas cómo sacrificarse para que sus hermanos lo alcancen. La soledad y el anonimato del hogar han sido tradicionalmente el destino de la mujer, mientras el hombre sale a conquistar el mundo.

Pero es necesario reconocer que esa educación no es la única causa de la falta de coherencia que a menudo define la personalidad femenina: la función de esposa y de madre es a veces adoptada por ella con intolerancia, para justificar el vacio de su vida y darse a sí misma sentido. Otras veces es adoptada con el alivio, por aquellas mujeres para quienes la responsabilidad de ser independientes y de enfrentar las consecuencias de sus propios actos, resultaría luego de tantos años de dependencia, un trauma aterrador. Cuando la mujer asume la función de esposa y madre como autentica vocación, resulta un bien deseable. Lo que es imperdonable es que se la condene a conocer el amor únicamente en estas circunstancias, cuando este puede ser mucho más. El amor también al trabajo profesional y la posibilidad desarrollar al máximo las capacidades humanas.

Para la mayoría de las mujeres, ser las artesanas de ese paraíso imprescindible del hogar resulta hoy un pobre sustituto de las complejas maravillas del mundo. La educación les ha probado que cambia pañales y velar por el bienestar físico de la familia no es una alternativa equiparable al cultivo de las artes, de la política, o de las ciencias.

No cabe duda de que el problema fundamental de la mujer de hoy es la integración de su personalidad, con todas las satisfacciones y sentimientos que la madurez y la ocasiones, adopta la mujer, apropiándose las actividades mentales masculinas de lucro y poder, despreciando, con mucho más ahínco que los hombres mismos, todo lo concerniente a la visión femenina. La función de la mujer debería consistir precisamente en cuestionar el ejercicio de ese poder (moral, religioso, o político), tanto en los países donde prevalece el capitalismo estatal, como en los que prevalece el capitalismo privado, mientras profundiza paralelamente en su identidad, en la búsqueda de saber quién es, como es.

AUTORA: ENEIDA MARGARITA GOMEZ DEL ROSARIO

(ENMAGORO)

 

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