El sentido de la gratitud en la vida y la política

Por PASCUAL RAMIREZ,-

Si existen personas que no heredarán el reino de los cielos, esos son los ingratos. Aquellos que se atreven a morder las manos que les ha dado de comer, aquellos que te utilizan como peldaño para escalar a posiciones cimeras para luego pisotearte, aquellos que le diste cobijo y protección cuando estaban destechados y más tarde te pagaron con el odio, la traición y la enemistad, no merecen otra cosa que el oprobio social y el destierro moral.

Los que no tienen sentido de la gratitud, son minusválidos espirituales, carentes de valores humanos. Quienes te deben el lugar en que están, debieran sentirse enlazado por una deuda de gratitud eterna, porque el agradecimiento es la memoria del corazón sincero.

Dicen que el ingrato tiene muy mala memoria y yo creo que realmente es así. Porque para ser ingrato hay que tener la mente vacía y el espíritu como una caja desfondada que no guarda nada. Por eso el ingrato olvida muy rápido y a su  conveniencia.

El hombre que conserva sus mejores sentimientos en estado puro, no es capaz de asestar puñaladas traperas a quien fue su benefactor y mentor.

La grandeza de un ser humano se mide por sus cualidades y su inclinación a pagar el bien con el bien, por su capacidad para reciprocar la amabilidad dispensada, el amor, la bondad, el cariñó y el compañerismo con igual moneda. Es cosa de Dios responder con gratitud a quienes nos han arrimado sus hombros en los momentos difíciles y nos han tendido sus manos salvadoras cuando nos encontrábamos al borde del abismo.

Pero es cosa del demonio devolver el bien con el mal, la solidaridad con el mal agradecimiento y la traición. El malagradecido tiende a ser una persona insensible, carente de virtudes, una sumatoria de cosas feas guardadas en sus adentros, las cuales asquean cuando salen hacia fuera como vómitos de un espíritu malsano.

La ingratitud tiene un parentesco cercano con la traición. Son hermanos siameses que caminan juntos y todo lo hacen en estrecha complicidad. No se sabe cuál de las dos duele más, pero sí se sabe que ambas laceran el alma y que dejan heridas que ni aun el tiempo puede borrar. Solo el perdón de las almas excelsas puede mitigar el lastre del daño que dejan al pasar.

Los herederos directos de Judas Iscariote, sus continuadores en el tiempo, sus émulos en la política, se han reproducido, muy lamentablemente, por todo el mundo.

Líderes ficticios con pies de barro que no son capaces de sostenerse fuera del poder, en ausencia de las canonjías, las prebendas, los privilegios, los recursos y el tráfico de influencia, porque no tienen seguidores, sino rémoras de la política y servidores perrunos que cambian de amo cuando le blanden un pedazo de carne, los cuales personifican el estado del alma en su más abyecta vileza humana.

La ingratitud nos animaliza y sataniza porque saca lo peor de nuestros instintos más bajos. Mientras que su antinomia, la gratitud, nos sublimiza, conectándonos con una dimensión superior que nos acerca a lo celestial.

Tanto en la vida como en la política, la ingratitud es una moneda de uso muy corriente entre la gente que hace de los fangales su hábitat natural. El malagradecido no es leal a nadie, mas que sus intereses particulares, por eso no le tiembla el pulso para convertirse en victimario, haciendo de su benefactor una de sus víctimas.

Ejemplos de ingratitud en la política, a nivel nacional e internacional, los hay muchos. Como referencia, citamos el caso de Lenin Moreno y Rafael Correa, donde el primero fue avalado y tomado de las manos por el segundo para llevarlo a la presidencia del Ecuador, recibiendo posteriormente como pago la persecución, el golpeo sistemático y la estocada mortal al sufrir hasta el destierro de su propia nación.

Otro caso similar sucedió con el presidente no elegido de Brasil Michel Temer, quien para alcanzar el puesto tuvo que prestarse como quinta columna de la trama macabra que terminó con la defenestración de Dilma Rousseff, de quien era su vicepresidente. Lo mismo hizo el político francés Joseph Fouché, cuyo genio y habilidades tenebrosas para complotar y traicionar son muy conocidos e imitados por políticos de hoy sin escrúpulos.

Y en este orden de ideas, la República Dominicana no es la excepción. En República Dominicana, hay líderes que han tenido que pagar un precio muy alto debido a la traición y a la ingratitud, y han sido golpeado sin clemencia por los ingratos, hasta el punto de querer verlo hundido sin remisión; ese es el caso del presidente y líder del Partido de la Liberación Dominicana, Dr. Leonel Fernández, a quien buscan aplastar a como dé lugar, utilizando blasfemias e infamias, así como el Dr. José Francisco Pena Gómez, líder histórico del Partido Revolucionario Dominicano, y el Prof. Juan Bosch, los cuales fueron vilmente vilipendiados por sus más conspicuos compañeros.

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